Aprendiendo a Pescar

Este verano hemos vuelto a visitar el pueblo de mi tío Carlos, Losar de La Vera.
Se tarda menos que al pueblo del abuelo y me canso menos en el viaje.
En el pueblo del abuelo hay piscina y, en el del tío hay un río al que llaman garganta, donde se pueden ver peces en los charcos que nos bañamos.
Desde el año pasado tengo una cuenta pendiente con aquellos peces y estoy deseando bajar a bañarme para ver si tengo mejor suerte este año.
Hay dos sitios a los que vamos a bañarnos; uno con un charco  muy grande en el que no veo los  peces cerca que tiene dos puentes gigantes y otro con varios charcos más pequeños, en los que puedo andar por ellos sin que me cubra el agua, con los peces nadando entre mis pies.
Había intentado, cada vez que me bañaba en la garganta Vadillo (es la de los charcos más chiquitos) que esos peces entrasen con confianza en la bolsa de plástico que llevaba para pescar.
Esta bolsa, es la única herramienta que me han facilitado mis padres cuando les conté mis intenciones de querer pescar y, yo ya tengo aprendido cuando no puedo esperar más, según el tono de voz que ponen cuando me lo dicen.
En la garganta había otros niños con redes tipo caza mariposas que conseguían capturas con cierta facilidad; yo los envidiaba, espiándoles desde mi punto de observación un tanto alejado escondido detrás de una piedra muy gorda, que he oído que por aquí llaman “canchal”.
Por mi parte y, a pesar de los muchos intentos que hacía a lo largo del día, fui incapaz de conseguir que alguno de aquellos peces entrase en la bolsa permaneciendo en ella el tiempo necesario para cerrarla con un nudo y sentirme un pescador de éxito.

gargantas

Este verano, todavía no hemos bajado a bañarnos.
Nada más llegar nos hemos acercado a tomar uno de esos maravillosos helados de leche que despachan en la heladería del Losar y que no hay forma de encontrar fuera del pueblo del tío.
Estábamos sentados en la terraza del antiguo cine de verano “Las Gaseosas” comiendo a cucharadas el helado servido en un gran vaso de cristal, cuando apareció Teo, el padre de mi tío.
Se acercó y dijo “hombre si está aquí esta familia, ¡qué alegría teneros por aquí!”
Se sentó con nosotros y se pidió un cortado con un vaso de agua.
Es raro, Teo dice que los helados son riquísimos, pero nunca le he visto tomar uno; creo que no puede tomar cosas dulces.
Se sentó cerca de mí y me pregunto:” tú eres Guillermo, ¿verdad?, ¿qué tal te lo pasas en el pueblo?”
Esta oportunidad de conseguir atención de los mayores no podía desaprovecharla y me lancé a contarle a Teo mis fracasos con la pesca del año pasado; estaba convencido que podría darme buenos consejos para conseguir mis objetivos este año.

aprendiendo a pescar

Teo me dijo que si quería pescar de vedad, tenía que hacerlo en las aguas del charco más profundo en la Garganta de Cuartos. Ese charco que está debajo del puente romano.
Cuando él era joven y volvía andando de pasar la consulta en el dispensario antipalúdico en las tardes de julio, con mucho calor en el cuerpo, se zambullía para “quitarse la calorina” disfrutando de las aguas frescas de la garganta.
Como le gustaba mucho bucear, se sumergía en la zona que hay debajo del puente donde el charco llega a tener 4 metros de profundidad y cogía las truchas con la mano…
Teo me aclaró que esto no fue fácil al principio y que le costó tiempo conseguirlo pues, como le decía su amigo Felipe, “tienes manos de médico, demasiado suaves para coger las truchas”.
Durante muchos días, cada vez que intentaba cogerlas, las truchas se le resbalaban entre los dedos una y otra vez,… hasta que un día, se le ocurrió la idea que le solucionó la situación: cogió arena del fondo del charco y se frotó con ella las manos para que, una vez ásperas, poder sujetar con seguridad el cuerpo del animal para conseguir subirlo a la superficie sin perderlo por el camino.
Este relato me dejó con la boca abierta mirándole a la cara fijamente, pues superó cualquier expectativa que me hubiera hecho sobre técnicas de pesca.

Con mis manos de niño de diez años, fui consciente de lo mucho que me quedaba para mejorar mi técnica y, desde ese día, he decidido que no quiero ni bolsa, ni red, ni caña…voy a pescar como Teo en el lugar más profundo del charco de Cuartos, con las manos ásperas después de frotármelas con arena para sujetar bien el cuerpo de la trucha.

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