La Cuchara

Buen otoño nos estaba haciendo en 1962, teníamos un domingo soleado.

Acabábamos de comer en la huerta de casa de mi abuela; habíamos celebrado el cumpleaños de padre comiendo al aire libre aprovechando el buen tiempo que nos regalaba la climatología.

La casa de abuela está justo al lado de la plaza del pueblo; la “auténtica plaza del pueblo”, pues hoy hay quién se confunde si dices “te espero en la plaza”, porque “La Viñuela” ha tomado bastante protagonismo al haber trasladado allí el ayuntamiento.

Mis hermanos estaban por la huerta enredando y yo decidí salir a dar una vuelta. Lo normal hubiera sido “tirar” para la Plaza, lugar de encuentro de los muchachillos de mi edad por aquél entonces, pero me dio por tirar calle del Cristo adelante hacia la carretera, que entonces era de tierra.

Mi idea cuando tomé esa dirección fue bajar al Pocito a comprobar si aguantaba metiéndome en el agua en aquella época, pues Padre había comentado en la comida “…el abuelo no dejó de bañarse en el Pocito ningún mes del año; decía que eso le mantenía activo y poca gente se atreve a meterse con este tiempo por soleado que esté…” A mí me sorprendió aquella anécdota y decidí ver si podía hacer lo que abuelo había hecho toda su vida.

Como decía, tiré calle del Cristo p’alante para torcer a la izquierda antes de llegar a la carretera para ir culebreando por callejuelas para acortar y salir a la curva grande de la “general” por encima del cine Carlos V.

Desde allí tenía “mi atajo” por una calleja estrecha que desembocaba a la que ya bajaba al Pocito. Saldría a dar a la altura de la fuente de la hoja de castaño, que “construía” mi padre casi cada vez que él bajaba al Pocito.

Cuando ya estaba pasando las últimas casas del pueblo llegando a los primeros prados, apareció a mi derecha una figura oscura recortada en una fachada que me sobresaltó y dió un susto de muerte.

Era una señora vestida de negro sentada en en la entrada de una puerta y que tenía una cuchara en la boca.

Paré en seco al tiempo que me inundó una congoja fuerte por dentro, por su immovilismo. Me mantuve parado mirando unos segundos y pude comprobar que no se movía nada; no entendía bien lo que pasaba y, a pesar del miedo, me quedé observando unos segundos más. La señora se mantenía encorvada en una silla de enea muy bajita con el codo apoyado en una mesa tocinera también baja y con una cuchara en la mano muy cerca de la boca que tenía entreabierta.

Me quedé atenazado mirando la imagen macabra que atraía mi atención, sin poder dejar de mirar, confirmando la inmovilidad de la señora y la grotesca imagen que dejaba marcada en mi retina en su llegada al final de su vida. Me mantuve absorto mirando hasta que unos hombres corriendo y gritando un nombre que no recuerdo, pasaron a mi lado sin prestarme atención hacia la casa de la señora de luto.


Han pasado más de 50 años y hace 20 días, en pleno verano, me sobrecogí al reconocer aquél rincón y adivinar la silueta de la señora en la puerta de su casa. Hice una foto que, al mirarla con detalle, me sobrecogió.

 

8s comentarios

  1. Entre la realidad de la España profunda y la imaginación de un niño, lo importante son esos recuerdos que revivimos ante una imagen. Enhorabuena¡ tienes una página llena de vitalidad y belleza. Y ya Drago es un seguidor tuyo.

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