Dos desengaños amorosos (Parte I) – Leyendas Extremadura

Estoy parada a unos dos metros de la escalera del cadalso, con la cabeza baja.
Levanto la vista despacio y me entretengo en contar los escalones hasta la tarima: 11. Me parecen algo más altos de lo normal… creo que cuando llegue arriba estaré a un poco más de dos metros del suelo; si a eso añadimos mi 1,80 de altura, la mirada estará a casi cuatro metro y observaré la plaza Mayor de Plasencia sobre las cabezas de la gente.¿Cómo será la vista desde esa perspectiva? ¿habrá mucha gente?
Ahora mismo el silencio rodea mis pensamientos, dejando que fluyan.

Gutierre de Vargas Carvajal, amigo en tiempos de la familia y compañero de aventuras amorosas en su juventud de mi padre, ha intercedido como obispo de Plasencia, para que mi última voluntad de estar cara al Sol agotando mis suspiros terminales de vida, se cumpliera.
El cadalso lo han construido en la parte sur de la plaza Mayor, justo en la diagonal de la calle Sol.
Mi situación al pie de la escalera dispuesta a subirla, es de espaldas al Sol.
Entran los primeros rayos y mi sombra se pronuncia muy alargada, subiendo más de la mitad de la escalinata que en breve será la última que ascienda en mi vida
Estoy serena.
Me encuentro en esta situación por mal de amores. Concretamente dos. De los dos amores uno cambió el rumbo de mi vida rudamente y el otro me ha traído a esta situación de fin del camino. Los dos fueron de corta duración, mucho más breve el segundo, que quizás sea el más determinante por el propio desenlace del mismo, pero sin el primero, no se hubiera dado el segundo, por lo que no sé cuál definir como más determinante.
Los dos los he vivido con pasión e intensidad, destacando ambos por encima de las múltiples experiencias amorosas que he disfrutado con diversidad de varones.
Noto que alguien se acerca por detrás a mi oído derecho: “Es la hora Isabel” dice suavemente mientras percibo una sombra que corresponde a su brazo derecho indicándome el camino, que no necesita señalización.
Llevo la capucha puesta de mi capa-abrigo de arpillera, que yo misma confeccioné hace dos inviernos.
Subo pausadamente, con decisión, los 11 peldaños. Al llegar arriba lo primero que veo es la trampilla justo debajo de la soga, enfrente de mí.
Recorro con la mirada la soga hasta verla voltear el palo atravesado que está apoyado en dos horquillas una a cada lado de la tarima. Me acerco y, cuando el anillo de la soga me da en la frente, me vuelvo despacio al tiempo que hecho la capucha hacia atrás, levantando la cabeza y dejando libre mi larga melena que cae por debajo de la cintura. El Sol me ciega e, instintivamente, levanto mis manos atadas por las muñecas para proteger la vista. Oigo murmullos en la plaza.
Al poco, bajo las manos y la vista contemplando la plaza totalmente ocupada por personas de todo tipo. La recorro con la vista e intento distinguir alguien conocido, sin saber porqué. Padre y madre hace tiempo que no sé dónde paran y no he mantenido trato con nadie hace años, excepto mi último amor. Quizás tenía la esperanza de encontrarlo.
El verdugo que me susurró al oído “es la hora”, me pone la soga rodeando el cuello y hace ademán de ponerme una capucha negra en la cabeza.
“No” digo con firmeza. “He vivido mucho tiempo en una cueva; quiero morir mirando al Sol”.
Se encoje de hombros y retrocede unos pasos; oigo un sonido seco, se abre el suelo y noto un tirón fuerte del cuello, al tiempo que una exclamación recorre toda la plaza. Me falta la respiración.

– “Isabel, Isabel, ¿nos han traído un jabalí, sabes quién ha sido?”
– He sido yo madre, he salido a cazarlo esta mañana.
Empiezan a pasar rápidamente escenas de mi vida por la mente…

Sigue en parte II, que se publica el 5 de agosto de 2017
__________________________________
Conoce los lugares de las leyendas singulares de la Comarca de la Vera, dentro de la Sierra de Gredos, en España con: Conyegar

Deja un comentario