Hace 40 años

Hoy estaba escribiendo una nueva entrada para el blog sobre la luz en la comarca de La Vera y sus características para la fotografía en la zona, cuando al repasar imágenes de hace años, encontré fotos de una experiencia deportiva importante de mi vida.

Lapiaz de acceso a la sima

Son los días finales de agosto de 1974; noto los rayos del Sol incidiendo en mi piel. Es muy agradable notar los rayos de Sol. Estoy en bañador tumbado en una pradera al lado del río Belagua, mirando entre las ramas de un arce el brillante e intenso cielo azul.
Es en estos días cuando empiezo a valorar la luz natural; es cierto que da vida. Parafraseando a personajes del comic Tintín, “yo aún diría más”: te hace sentir la vida.
El cielo está azul intenso. Es un día despejado y corre una suave brisa que agradezco mientras permanezco tumbado en el valle del Roncal, disfrutando de la excelente saturación del color celeste que supera las copas de los árboles. Me encuentro relajado notando como mi peso descansa sobre la fresca pradera, ensimismado observando el movimiento de las hojas originado por la brisa existente.
“¡Qué pasa Charlie, ¿no pasas el jamón?, te lo vas a liquidar!” rompe mi ensimismamiento con su voz un compañero que estaba junto a mí hace 24 horas luchando por salir de la sima, sin imaginar entonces esta brillante luz que proporciona un día soleado de verano.
“Me voy saturando no creas,… ahí va”; le replico, mientras que con un giro del brazo a lo lanzador olímpico de martillo le envío por el aire lo que queda de la pata de un jamón de 4,5 Kg, del que estamos dando buena cuenta entre tres compañeros de expedición.

LonnéPeyret 1Acabamos de salir de una aventura que casi nos gana la partida. Más de una docena de espeleólogos con diversa preparación, hemos intentado llegar a -700 metros de profundidad en una sima situada en la cordillera de Los Pirineos.
Cuando estábamos a -300 y debido a una serie de dificultades técnicas, se decide regresar a superficie, sorprendiéndonos en pleno ascenso una cascada con una fuerza inusitada para la estación del año, originada por lluvias de una intensidad imprevisible en la época veraniega.
La cascada de agua cae directamente por la zona donde tenemos instaladas las escalas para subir, incrementando de forma importante el esfuerzo necesario para el ascenso. Además de la fuerza inherente a la propia caída del caudal en los pozos con desniveles de 20 a 70 metros, está el efecto de la temperatura del agua sobre nuestros cuerpos, pues no llega a los 10o C en ningún caso. Otra dificultad añadida es que nos apaga las luces de carburo en cuanto entramos en la escala para ascender. La luz eléctrica suplementaria que llevamos en los cascos, debemos dosificarla y horrar energía, pues en este ambiente las baterías se degradan muy rápido.
En estas circunstancias los peldaños de la escala los vamos encontrando a ciegas y gracias al entrenamiento ejercitado de forma instintiva en los meses previos a la expedición, avanzando mecánicamente hacia las luces fluctuantes de la próxima repisa.
Las pequeñas repisas existentes en los pozos que utilizamos para reagruparnos, se van saturando por acumulación de personas debido al cansancio.
El retraso sobre la velocidad natural de subida es notable. Lo que normalmente se hubiera hecho en 40-50 minutos se está realizando en tres horas largas. El desgaste físico es enorme y el mental empieza a hacer mella en algunos componentes.
Estamos a -200 y hay que dosificar el consumo de frutos secos, que es la base de nuestra alimentación. No podemos cocinar nada, estamos sin combustible pues lo hemos dejado en los sacos del campamento base para aligerar el lastre que hubiera incrementado nuestra dificultad para conseguir el objetivo de salir de la sima.IMG_20140719_182351
Los miembros con menor resistencia física no paran de tener temblores debido al frío. Los que tienen más resistencia se desprenden de elementos de abrigo para intentar paliar el frío de los de menor resistencia.
En una repisa a -140 metros se oye la frase “¿tú crees que saldremos de aquí?, tengo mucho miedo”. La réplica que se escucha es: “Mahou no ha bajado la producción de cerveza porque estemos nosotros aquí, no podemos provocarles excedentes de producción, sería una canallada por nuestra parte”. Hay quién consigue estirar el esbozo de la sonrisa, llegando a reír levemente.
Los equipos de ascenso se reestructuran ya no según la forma física de cada uno y su posición técnica en el ascenso, sino entremezclando los grupos en base al estado anímico y el estado físico de cada miembro.
Hasta -70 metros no podemos recibir ayuda externa. Nadie puede dejar de ascender hasta ese punto. Las cuerdas de seguro se tensan por los que tienen fuerzas para ayudar en su esfuerzo a los que suben con menos recursos físicos.
La sensibilidad de las extremidades se va perdiendo. Las esperas en las repisas para entrar en la escala parecen el diorama de un museo. Nadie se atreve a mover un músculo en la espera por miedo al dolor del frío. Cuando toca el turno de entrar en la escala, el dolor de las articulaciones en el inicio es fuerte. Solo el convencimiento de la necesidad de seguir para sobrevivir, hace mover de forma mecánica las articulaciones sobreponiéndonos al dolor.
La mezcla en los equipos buscando el equilibrio entre fortaleza física y mental hace efecto. Los que van cansados mantienen con comentarios más o menos ingeniosos la moral de los que van más frescos y los mejor preparados ayudan físicamente a los que no les van quedando fuerzas para seguir.
Después de 17 horas desde la salida del campamento base, siente el aire fresco en su cara el último componente de la expedición que sale por la boca de la sima al lapiaz de entrada a la misma; es de noche; da igual, solo hay ganas de dormir.

 

 

 

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