“La Chelo”, ideales, determinación, supervivencia (Parte I)

“Para ir al pueblo, por la mañana; para volver, por la tarde” la frase tantas veces repetida por padre, me viene a la cabeza cuando por el retovisor veo el incipiente amanecer de esta recién estrenada primavera, conduciendo por la autovía A5.
Padre tiene los recuerdos desordenados hoy día. Pero ayer viernes, después de comer juntos me dijo serio con la mirada directa: “Carlos, quiero recuperar una libreta que dejé en un arcón de madera en el doblao de la casa de mi madre”.
Quizás no sea allí donde lo dejó, o quizás ya no esté, pero me apetece buscarla y darle esa satisfacción, si es posible.

Llego al pueblo por la carretera que, de forma zigzagueante, recorre la ladera sur de la Sierra de Gredos, motivando una conducción serena que permite disfrutar de este entorno singularmente húmedo, en una Extremadura mayormente seca.
Aparco en la plaza junto a la iglesia y me dirijo a pie a casa de mi abuela. Cuesta un poco abrir la puerta de la calle, está atascada. Subo los tres pisos por la antigua escalera de madera agarrándome en la fina barandilla de hierro, hasta acceder a “la sala del pimiento”.  Aquí, el paso del tiempo ha hecho mella. Las viejas vigas de madera ahumadas y las paredes de adobes con remiendos de yeso y cemento, no dan mucha seguridad. Me muevo despacio, quedando inmóvil ante cualquier pequeño chascar de las maderas del suelo. Veo al fondo, en la parte más oscura, una vieja escalera de mano, que es de madera, por la que se accede al “doblao”. Subo los 8 peldaños apoyando los pies lo más cerca de los tirantes donde van fijados, muy despacio. Está oscuro. Enciendo la frontal y recorro la estancia de derecha a izquierda. Veo una caja de madera rectangular cerca de la unión de tejado y muro de carga.

la Chelo, maqui en Extremadura

Es la zona de menor altura; avanzo de rodillas. Estiro la mano y tiro con firmeza de la caja sin tapa, que cede su posición llegando a mi costado. Inclino mi cabeza para ver lo que hay en su interior: unos lápices romos, un oxidado chisquero “jodevientos”, un tirador rústico de gomas, dos gorras carcomidas, una pequeña bacinilla, telarañas y… una pequeña libreta de anillas invadida por el moho.

Maquis Extremadura

La tomo con suavidad con mi mano izquierda y soplo sobre la cubierta, descubriendo un texto que pone en una caligrafía ya en desuso “chelo 1942-1962”. Abro la pequeña libreta debiendo desunir sus páginas. Lo hago muy despacio; me da miedo romperlas.

En la primera página leo: “Dolores García, la Chelo, tercer año de lucha. El totalitarismo no vence al pensamiento libre”.
(sigue y fin, en parte II)

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