La hoja de castaño

No nací en Losar de La Vera.

No por mi voluntad, sino por la circunstancia de estar trabajando mi padre en Madrid en esa época como médico de cabecera.

Con 15 días de vida, sin embargo, ya estaba llorando y dando guerra en Aldeanueva de La Vera; es decir, no estuve el día de mi nacimiento en La Vera, pero si estuve mamando desde recién nacido La Comarca.

Dice el saber popular que uno no es de donde nace sino de donde quiere morir. La realidad es que no me quiero morir, así que, tengo un pequeño conflicto para decidir de donde soy.

Lo que sí tengo claro es lo a gusto que me siento cuando empiezo a ver las vegas del Tiétar donde se cultiva el tabaco, con la sierra de Losar al fondo.

Hace tiempo que cuando viajo a Losar desde Madrid, no llego hasta Navalmoral de la Mata conduciendo por la NV sino que, en Oropesa, me desvío hacía Las Ventas de San Julián, siguiendo hasta la rotonda que lleva a Madrigal, desde donde se divisa perfectamente el Almanzor, en donde giro a la izquierda para entrar a Extremadura por Pueblo Nuevo de Miramontes. Entro en la provincia de Cáceres circulando paralelo a la ladera sur de Gredos y franqueado en mi ruta por campos de cultivo de tabaco. Las siguientes poblaciones a mi paso son Barquilla de Pinares y Tiétar, después de la cual, hago un giro a la derecha para cruzar el río Tiétar y llegar al lugar de El Robledo que ya pertenece a Losar, núcleo que agrupa a los tabaqueros de la zona.

post_1_2Continúo por una carretera estrecha salvando los desniveles de la orografía de monte bajo de este trayecto, cuyo paisaje muestra bellas jaras blancas y con un firme similar al de los años 70, hasta llegar al cruce de la carretera ya remodelada de Alcorcón a Plasencia. Giro en dirección a Plasencia hasta llegar a cruzar el Puente Cuartos integrado en mis recuerdos de la infancia de forma permanente, gracias al gran charco existente debajo del mismo que permite unos agradables baños en verano.

Al entrar en Losar de La Vera destacan las formas de los jardines que flanquean la carretera a su paso por la población desde mediados de los años 70 y que se han integrado ya como una característica muy apreciada tanto por Losareños como por los forasteros.

Por cuestiones personales dejé de visitar Losar entre el inicio de los años 70 y mediados de los 80. Por este motivo, estos apreciados jardines no forman parte del recuerdo de mi infancia.

En mis recuerdos sí está presente una carretera de tierra (el asfalto tardó en aparecer por la zona), la fonda La Estrella (casi el único lugar de alojamiento en el pueblo), la camioneta de La Verata (autobús de la época que unía el pueblo con Plasencia) y el camino del pocito (charco cercano al pueblo donde bajábamos andando a bañarnos) que, en su bajada hasta la garganta Vadillo, era más bien una calleja por la que íbamos con bastante frecuencia con Padre camino a la finca de El Salobral.

Esta calleja con el suelo irregular lleno de rollos, era prácticamente intransitable en invierno debido a la bajada de una torrentera de agua bastante intensa durante toda la época de lluvias. Era forma habitual en los vaqueros y cabreros calzar botas de agua para afrontar sin pegas esta circunstancia al andar por las veredas y callejas de la sierra.

En mi caso, con 10 años, no era una pega el agua sino más bien un divertimento.

Estas callejas se iban secando al llegar la primavera, siendo más transitables según se metía el calor. Lo que no dejaban de fluir era el agua por arroyos y vericuetos del terreno generando fuentes naturales en sitios inesperados. Una de estas singulares fuentes la creó Padre con una hoja de castaño como caño, en el camino al pocito, sujeta entre dos piedras de una pared que delimitaba un prado con el camino.

Recuerdo a Padre parando a beber cada vez que bajaba a bañarse al pocito, flexionando el cuerpo paralelo al camino, buscando apoyo en la pared de la que surgía el manantial.

La imagen de esta fuente artesanal y efímera creada por Padre, me vino en un sueño con una imagen extrañamente nítida de la misma, estando de viaje por Europa con mi R-80 camino de Dubrovnik.

Cuando retorné al pueblo después de años vagando por el mundo acudí al lugar a recordar dicha fuente.

La imagen no conseguí enfocarla como en el sueño pero, cerrando los ojos, el lugar me hizo sentir la infancia.

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