Las Gargantas

Recuerdo con nitidez el primer día que me llevaron a una piscina.
Era el mes de junio de 1967 y yo contaba trece años de edad.
España estaba huyendo de la miseria hacia el desarrollo, no siendo frecuente en esa época la existencia de piscinas de uso privado en las casas. Moncho, compañero de clase, me invitaba ese fin de semana a la casa de sus padres en El Escorial donde “podemos bañarnos en pelotas si queremos, porque no nos ve nadie”, decía.
Mis veranos los había disfrutado todos en Losar de La Vera bañándome en charcos solitarios de agua fresca, donde no había pega de bañarse como uno quisiera, así que no entendía muy bien el misterio de “bañarnos como queramos”.
Al llegar a su casa y, sin sacar de las mochilas unas revistas “…son
extranjeras,… ya veréis…” que nos había dado otro compañero del cole con mucho mundo, salimos a la parte de atrás para descubrir, La Piscina.
Creo que ahí empezó mi inquietud por el estudio de las clases sociales: del concepto “…anda chaval date un baño en la alberca que hoy no tienes tiempo para bajar a la garganta…“al de “¡tengo una piscina privada para bañarnos como queramos!” ¡Había dos niveles de estatus social!

En la Sierra de Gredos, en cuya ladera sur se encuentra Losar de La Vera, existen formaciones de un gran interés geológico, entre las que destacan Las Gargantas de La Vera.

El gran desnivel existente entre las cumbres de la Sierra de Losar y el Valle del Tiétar, unido a la abundancia de aguas que fluyen en torrenteras por toda la Sierra, son origen de una erosión que desemboca en la formación de las características gargantas, signo de identidad geológico de La Comarca de La Vera.

Losar tiene dos gargantas y una de ellas discurre cerca del pueblo, siendo por tanto, la más accesible para ir caminando en un agradable paseo entre robles y prados; la Garganta Vadillo.

En los finales de los 60, el camino de acceso a la misma era una calleja con rollos de piedra que en pronunciado descenso desde el pueblo, nos llevaba hasta un pequeño puente que hoy día nos sigue permitiendo cruzar el cauce, para seguir el camino que conduce a la sierra. Un día de agosto de 1965, como muchos otros días, bajábamos al baño mi hermano mayor y yo solos, pues mis otros hermanos prefirieron quedarse en el jardín de casa. En aquél año no cruzábamos el puente, sino que subíamos por la margen derecha de la garganta tomando un pequeño sendero de cabras en contra del sentido de las aguas, hasta llegar al Pocito. Este charco, de pequeñas dimensiones, estaba cerca siendo muy propicio para darse un agradable baño, no con idea de desarrollar la práctica de la natación, sino más bien con la idea de desarrollar el concepto chapuzón. Este concepto pienso que se acuñó en aquél entorno, pues no he encontrado otro sitio más a medida para aplicarlo.

En aquellos años el charco estaba para nuestro disfrute en exclusiva, pues no había costumbre de ir a bañarse a la garganta, como la hay hoy día, por las gentes del pueblo.
Aprovechábamos la circunstancia
de falta de público, para lanzarnos en bomba desde los canchales sin ningún recato, con la idea de hundir al hermano, cuestión que nunca llegó a mayores pienso, porque no había adultos con la cantinela de “…cuidado que os vais a hacer daño…”.

Alternábamos esta práctica de la bomba con la de un submarinismo que considerábamos muy avanzado, estando nuestras espaldas a escasos 10 centímetros de la superficie, entreteniéndonos en ahuyentar una presencia notable de alevines, que perseguíamos cuál monstruos marinos sobre equipados con nuestras gafas de bucear con tubo (entonces no conocíamos el término snorkel) y unas aletas que nos enviaban contra los canchales que delimitaban la orilla del charco con extrema rapidez.
Después de un buen tiempo de ejercicio persiguiendo alevines, decidíamos cambiar a otra actividad de ataque no cruento: el bombardeo en la cabecera de abastecimiento del charco, donde un chorro de agua fresca y transparente caía constantemente formando un pequeño remolino que propiciaba la concentración de una inmensa colonia de tijeretas de río. La munición no faltaba; rollos de todos los tamaños extraídos del fondo del charco (profundidad máxima 1,60 metros) o, de los bordes del charco situados a los pies de los Alisos y entre los juncos que rodeaban el mismo.
Si alguien de los que lee este texto ha practicado esta actividad en su infancia, tiene la constatación de la frustración continua que se sufre manteniendo una actitud perseverante, que sólo un adolescente puede tener sin desfallecer, ante el fracaso continuo de comprobar que la colonia de tijeretas no bajaba a pesar del intenso bombardeo. Pensando en conseguir algo de eficacia en mis accione
s, cada vez levantaba más los brazos llegando a casi perder el equilibrio al ponerme de puntillas sobre las piedras del fondo, para lanzar con más fuerza los roll
os contra la superficie del agua donde de forma anárquica y alocada nadaban las tijeretas ausentes del peligro (teórico) de mis acciones.
Quién no se haya entretenido de esta forma, es fácil que al leerlo le transmita una crueldad y fiereza que jamás existieron y sí debía saber entrever una inocencia que con 12-13 años hoy se ha perdido en los adolescentes unos 4 años antes, sin ser muy pesimista.

El que disfruta de estos chapuzones en su infancia en estas gargantas, no sólo no envidiará el baño en los estanques clorados de las ciudades, sino que más bien no entenderá muy bien su éxito.

La Garganta transmite actividad, energía, fuerza y belleza; es una formación originada por unas condiciones muy concretas, con unas características singulares, que marcan el paisaje de La Comarca creando en los visitantes foráneos un recuerdo sereno, que siempre volverá de forma cíclica a sus pensamientos, de forma más o menos constante a lo largo de su vida, consiguiendo un refuerzo positivo en su ánimo.
En este entorno, surge de forma natural relacionar el agua con la Vida, pues estos cursos de agua representan de una forma fiel el recorrido del desarrollo de las personas desde su nacimiento, a la vejez.
Visitar La comarca y conocer las gargantas, llegando a bañarse en ellas si la climatología acompaña, es una forma interesante de encontrarse a uno mismo, sin duda.

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