Mi primera BTT

En el verano del año 1967 en Losar de La Vera, un acontecimiento muy deseado pero imprevisto, me impactó profundamente en una mañana del mes de  julio: en la puerta de casa me encontré una Orbea pintada en verde luminoso que brillaba, resplandecía, lucía sus colores y cromados compitiendo con los rayos del Sol.

Estaba plena de accesorios: una dinamo alimentando el faro de doble bombilla con conmutador de cruce y larga, ¡un sueño! Asiento triangular forrado en cuero con sólidos muelles para amortiguar la marcha; cubrecadenas aerodinámico embellecido con fugaces líneas blancas sobre el fondo verde del color del cuadro; varillas de freno cromadas con tiro de pivote sencillo sobre las zapatas que atacan directamente a la llanta; timbre cromado de vaivén con un sonido armoniosos; trasportín en tono verde mate sobre el guardabarros trasero y, la mecha de chisquero puesta en el buje trasero para mantenerlo limpio.
¡No le faltaba un detalle!
Los nervios recorrieron mi cuerpo combinando el sentimiento de ansiedad por salir corriendo, con la parálisis producida ante la visión de semejante máquina.
Después de un tiempo no determinado de éxtasis contemplando la bici, me trae a la realidad la voz de mi padre que dice: “¿no te gusta?, ¿no es así como dijiste que la querías?; tú has cumplido con el compromiso de los estudios y yo cumplo con el mío”.
Sigo atónito un rato indeterminado y por fin me decido a probarla poniendo un pie en el pedal izquierdo y, dándome impulso con el otro pie hasta conseguir algo de velocidad, me encaramo en volandas en el amplio y mullido sillín.
Ahí estaba yo, erguido, mirando al frente, conduciendo esta precisa máquina por la carretera principal de tierra que atraviesa el pueblo y que une Alcorcón con Plasencia, rumbo a la fuente del Tío Santo que está en la salida del pueblo, en sentido de Plasencia. Al llegar a la fuente, giro a la izquierda por la carretera que lleva a Valcaliente, entrando en la recta que me encuentro al comienzo con mucha energía.
Mi primer anhelo es que se haga de noche cuanto antes para probar el generoso faro que llevaba al frente del manillar, y accionar el conmutador de luz larga/corta cuál vehículo de mayor empaque.

Losar de La Vera, paseos
Cuesta de la tía Bizca

Mientras llega la penumbra, pedaleo con vigor para probar la máxima velocidad que puedo alcanzar, con la única referencia de la brisa que acaricia mi cara, consiguiendo llegar lanzado a la cuesta de la tía bizca, coronándola con facilidad gracias a la inercia, poniendo rumbo al siguiente paso de reverencia: el puente primero.
“Esto es una bici de primera”, me viene como pensamiento de forma inconsciente a mi cabeza. Pasa por los baches que no dan ganas de evitarlos; sus amplias cubiertas dan estabilidad en estas carreteras de tierra con bastante piedra suelta, permitiendo circular a velocidades de vértigo (considero por las referencias actuales que conseguiría llegar a unos 15-16Km/hora), de vértigo, insisto. Paso por el puente primero inclinando a lo Perurena la abierta curva a izquierdas, rumbo al puente segundo donde, al pasarlo, se nota el frescor de la garganta que fluye protegida por un pequeño bosque de robles. Casi me da frío; quién diría que estamos a primeros del mes de julio.
Dejo atrás el puente segundo saliendo de su cerrada curva y paso veloz el repecho que hay entre los prados de la cerquilla de arriba y de abajo, lanzándome a tumba abierta hacia el cruce de Valcaliente, donde pongo a prueba la estabilidad de mi recién estrenada bici, ante la continuidad de baches en bajada y la sucesión de cuatro curvas en las que hay que poner atención para no acabar en la cuneta.

Losar de La Vera, paseos
Puente segundo

Cuando encarrilo la recta que me lleva al cruce impuesto como meta de mi aventura, distingo “la autopista”; que no es sino la carretera comarcal que une Navalmoral con Jarandilla, siendo el único tramo cercano al pueblo que está asfaltado y permite disfrutar unos minutos de un paseo sin traqueteos.
Después de disfrutar del firme liso y cómodo unos metros en dirección a Jarandilla y otros metros de vuelta en dirección a Navalmoral, me encamino a retornar al pueblo, pues ya empieza a oscurecer.
Cuando estoy terminando la cuesta que en la ida realicé a tumba abierta y que se corona a la altura de la finca Arias, suelto el seguro de la dinamo que pongo en roce con la cubierta de la rueda delantera, para encender el faro. Aprovecho la suave bajada que viene después de la subida, para lanzar la bici y ver como sube la luminosidad de la bombilla. Pongo la larga, pues no viene nadie de frente y quiero comprobar su alcance; la luz es fluctuante pero hace ver el camino.

Losar de La Vera, Paseos
Bajada a Valcaliente

Pruebo el cambio de larga a corta y ajusto la altura del faro con la mano según voy en marcha, por si me cruzo con otro vehículo no deslumbrarle. El alcance es bueno, aunque con un arco de iluminación estrecho.
Se cierra la noche y aprecio más aún la utilidad del faro, que me da seguridad en el camino rodeado de sombras misteriosas producidas por robles, alisos e higueras, hasta que por fin llego a casa, más cansado por los nervios que por el esfuerzo realizado.
Esta aventura ha rozado los 8Km, que me hicieron sentir el Perurena de la jornada en aquellos primeros días de julio de 1967, que permanecen nítidos en mi recuerdo.

Hoy la BTT con la que recorro ese mismo camino (completamente asfaltado), dispone de frenos de disco cantilever, 24 marchas, luz de diodos led delantera y trasera, cuadro de aluminio ligero y no salgo en calzonas (pantalón corto) y camiseta, sino que me equipo con casco, mallas y chaleco reflectante.

Disfruto mucho en mi tierra paseando en bici, pero aquél momento está en el recuerdo siempre.

2s comentarios

  1. Qué sensaciones producen esos deseos hechos realidad. Me has hecho recordar esa BH que también me hizo tanta ilusión como a ti, aunque yo tuviese el asfalto de Madrid para estrenarla. Gracias por compartir!

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