Una lamia en La Vera (parte I)

A mediados del siglo XX, concretamente en 1947, muere el escritor chileno Oscar Castro conocido, entre otras obras, por su responso a Federico García Lorca. Muere el 1 de noviembre, que es el día de las ánimas benditas. Esto crea un momento especialmente esotérico.

A más de diez mil kilómetros, en un pequeño pueblo mal comunicado de la Sierra de Gredos en la comarca de la Vera, un robusto pastor alarga su jornada de trabajo recogiendo castañas, con la esperanza de salvar la economía familiar.
José Pancho, que es el nombre del pastor y vecino de Garganta la Olla, esa noche se ha quedado a dormir en su chozo del monte, pues se le ha echado la noche encima.
Termina un año no especialmente bueno para su economía y puede compensarlo con la recogida de castañas, en lo que está volcado en estos días de noviembre.
Ha cenado unos trozos de tasajo con un trago de vino y el cansancio le vence, dejándose caer en el catre. Tiene un sueño pesado, debido a la larga y dura jornada de trabajo.
Entre ensoñaciones oye unos golpes en la puerta de madera de su chozo. Duda que sean reales y trata de seguir durmiendo obviando lo que considera un espejismo de su somnolencia.
Se gira en el catre sobre su costado derecho quedando enfrentado a la puerta. De nuevo oye los golpes; esta vez son más intensos. Entreabre los ojos y fija la mirada en la holgura que deja en la base la puerta sobre la lancha de piedra, descubriendo una sombra en la franja iluminada por la luna llena.
Su primer impulso es quedarse quieto y dejar pasar el tiempo a ver si se va la “cosa”, pero entonces oye una voz femenina y suave que dice: ¡tengo frío, tengo frío…!”
Se decide a levantar y descorre la condena de hierro de la puerta, permitiendo pasar a una menuda mujer cubierta con un vestido negro, que le hace pensar es una monja. Se serena un poco. Con la mano la indica que pase y se acerque a calentarse detrás de la pequeña lumbre que permanece en su hogar en el centro de la choza.
Cierra la puerta y se escucha el chirrido de la condena al asegurarla. José se vuelve y descubre una bella cara de mujer con un velo ceñido mirándole fijamente. Cuando se agacha en el hogar para atizar las ascuas, descubre con horror que las extremidades de la “monja” son dos pezuñas de chivo. (continuará y fin en parte II)
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