Una lamia en La Vera (parte II)

Después de la visión, José sintió una fuerte sensación de vértigo. Recordó las palabras de su padre “…si la fatiga te produce un mareo intenso, siéntate, sorbe un poco de agua, respira hondo y masca un cacho tasajo…” José permanece sentado en su catre enfrente de la “monja”. No quiere levantar la cabeza… (o no pudo; nunca lo recordó, bien). A su derecha, en la cabecera de la cama, tiene el zurrón con un chusco de pan, la bota, tasajo y unas pilongas del año anterior. Al lado del zurrón un pequeño lebrillo con agua.
Respira lentamente y de forma intensa con los ojos cerrados. La mujer no dice nada. Alarga la mano y tantea el desportillado del borde del lebrillo, pinzándolo con la mano derecha y se lo lleva despacio a los labios, manteniendo los ojos cerrados mientras inclina la barbilla hacia atrás para dar un sorbo. El silencio invade la estancia. Percibe la ausencia de los ladridos de los perros que Roque tiene en el escarpe de enfrente. Deja el lebrillo en el suelo, buscando apoyarlo en la pared y mete la mano en el zurrón palpando; encuentra el chusco de pan que se lleva a la boca, mordiendo un pequeño trozo de corteza, que mantiene en la boca. Aprecia que tiene la boca seca.

“No tengas miedo” escucha decir a la “monja” con una atractiva y dulce voz. “Por favor, mírame. Quiero ver tus ojos”.
José levanta la barbilla lentamente abriendo los ojos al tiempo; deja de masticar la corteza y se queda sereno manteniendo la mirada de la monja.
La paz le invade; José se relaja y su respiración es pausada.
La “monja” mueve despacio un mano y se la lleva a la cara sacándose con extraña facilidad un ojo y después el otro. “Para descansar tengo que hacer esto, sólo si un mozo serrano se casa conmigo, volveré a tener párpados”.
“¡Jesús!” grita con voz estentórea José y, de forma instintiva, pone su brazo izquierdo paralelo al suelo y el derecho perpendicular al mismo, formando una cruz protegiéndose la cara.
La lamia cierra los puños, se gira emitiendo un aullido estremecedor y desaparece a través de la puerta produciendo un viento frío que hiela la espalda de José.

Desde entonces, cuando caminaba por los senderos de la sierra al anochecer y coincidiendo con los días de luna llena, siempre se sintió atraído por una imagen difusa que se le aparecía y le llamaba moviendo un brazo enérgicamente.
Sabía que la única forma de poder evitar ser arrastrado por la atracción de dicho ser, era agarrarse al crucifijo de madera de roble que él mismo se había tallado y que siempre llevaba colgado en el pecho desde aquella noche de noviembre de 1947
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